Consejo Mexicano de Psicología

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La relevancia de una disciplina es que dé cuenta de la realidad. Esa obligación también le corresponde a la Psicología Social Comunitaria, no obstante, no es una tarea fácil, especialmente en esta época en que pareciera que todo está dicho.

Sin embargo, desde la juventud –los viejos, los niños, las mujeres– hay una crítica sobre cómo estamos viviendo. Es una sospecha, una desconfianza de una de las instituciones fundamentales de cualquier sociedad, como es el Estado. Es una especie de inseguridad de cuán verdadera es su preocupación por la población. Se hacen diagnósticos sobre problemas sociales y luego se desarrollan programas interventivos para resolverlos, pero queda la constante desconfianza si la definición del problema se coteja realmente con lo planteado por la gente y se observa que las soluciones más bien satisfacen a los que se encuentran detrás del Estado. Finalmente, pareciera que la población se adapta a las políticas, pero no cree en ellas, hace lo que le dicen, pero a la primera oportunidad más bien hace lo que necesita o vuelve a su estilo y a su cosmovisión más próxima, aquella íntima que la conecta con su identidad transgeneracional.

Si trasladamos esta apreciación a América Latina observamos una situación más o menos similar. En un continente tan inmenso como es este, también pareciera que está todo dicho, no obstante, hay una falta de justicia que atraviesa regiones, selvas y cordilleras. Tal como es el sometimiento de todo un territorio a los apetitos de la modernidad, que fuerza a diversas culturas y a distintos ecosistemas a torcer su orientación principal en dirección de producir un estilo de vida centrado en los bienes, el individualismo, la vida frugal y la desconexión con los problemas de la sociedad, como son sus injusticias y sus desigualdades.