Una gran pér­di­da por su dedi­ca­ción a la psi­co­lo­gía cuba­na y lati­no­ame­ri­ca­na. A con­ti­nua­ción unas bre­ves palabrs por su deceso.

Marco Eduardo Murueta Reyes

Lamen­to pro­fun­da­men­te la noti­cia del falle­ci­mien­to de mi ami­go Fer­nan­do Gon­zá­lez Rey. Una pér­di­da enor­me para la psi­co­lo­gía lati­no­ame­ri­ca­na. Lo hare­mos vivir entre todos estu­dian­do y ana­li­zan­do su obra. Un abra­zo para todos los cole­gas y ami­gos que com­par­ti­mos con Fer­nan­do, espe­cial­men­te mis con­do­len­cias a Alber­ti­na Mit­jáns, su espo­sa y man­cuer­na cien­tí­fi­ca y profesional.

Manuel Calviño

Hoy recién regre­san­do de nadar un poco (cada vez que habla­ba­mos del ejer­ci­cio físi­co me decía: “Yo nado todos los días que pue­do… eso me man­tie­ne en for­ma… tú debe­rías hacer lo mis­mo, Cho­pín, la bom­ba lo agra­de­ce mucho”) me lle­ga la tris­te noti­cia, que digo tris­te, la noti­cia des­truc­to­ra: Fer­nan­do, mi gran ami­go, mi her­mano de tan­tas bata­llas, el Dr. Fer­nan­do Luís Gon­zá­lez Rey, ha falle­ci­do. Coño, que dura reali­dad. Me due­le. Me lle­ga muy hon­do. Me entristece.

La últi­ma vez que hablé con él, en su casa de San Pablo, jun­to a su inse­pa­ra­ble Alber­ti­na – espo­sa, com­pa­ñe­ra, cole­ga, cóm­pli­ce de todos sus sue­ños, pro­yec­tos y rea­li­za­cio­nes — me dijo: “Esta enfer­me­dad es del cara­jo. Pero yo sigo tra­ba­jan­do, escri­bien­do, hacien­do psi­co­lo­gía, que es la mejor for­ma de com­ba­tir­la… y le voy ganan­do de una en una todas las peleas que pue­da”. Y no dude nadie que Fer­nan­do, que tan­to ama­ba a la Psi­co­lo­gía, a sus hijos y nie­tos, que tan­to ama­ba su tra­ba­jo, lucho ferrea­men­te por la vida, con un opti­mis­mo y una fuer­za envi­dia­bles, que no dudo nun­ca que sal­dría ade­lan­te (como se supo­ne haga un con­cien­te-voli­ti­vo). Me ale­gra haber­le podi­do decir “Muchas gra­cias, mi her­ma… por lo que nos estás ense­ñan­do a todos”, por­que me (nos) mos­tró como se mar­cha un lucha­dor, un con­ven­ci­do de que una vida mejor es posible.

Nos unía una amis­tad a prue­ba de balas, a prue­ba de pun­tos de vis­ta dife­ren­tes (inclu­so anta­gó­ni­cos), a prue­ba de dis­tan­cias obje­ti­vas y sub­je­ti­vas. Una amis­tad pro­fun­da, cons­trui­da en los años en que com­par­ti­mos cor­tes de caña, tra­ba­jos en el cam­po de todo tipo. Se fra­guó con espe­cial ahín­co en los tiem­pos en que estu­diá­ba­mos en la Escue­la de Psi­co­lo­gía (él en un cur­so ante­rior al mío), en que fui­mos diri­gen­tes de la Fede­ra­ción de estu­dian­tes uni­ver­si­ta­rios, en la Unión de jóve­nes comu­nis­tas. Una amis­tad que tuvo estan­cia geo­grá­fi­ca en Mos­cú – él en el Ins­ti­tu­to de Psi­co­lo­gía, yo en la Facul­tad mos­co­vi­ta. Allí, con muchos gra­dos bajo cero, le hice las pan­car­tas para su defen­sa doc­to­ral en car­tu­li­na y con plu­mo­nes (no exis­tía ni el datashow, ni el power point), mien­tras el me reco­men­da­ba el “Kar­ma­sín”, que lo usa­ba para no per­der el pelo… has­ta un día que me dijo: “La gené­ti­ca es la gené­ti­ca, y ten­go la mis­ma cal­va que mi padre”.

Esa amis­tad fue la mez­cla que endu­re­ció nues­tro tra­ba­jo con­jun­to cuan­do, ya ambos en Cuba, él era Vice­de­cano de la Facul­tad de Psi­co­lo­gía de la Uni­ver­si­dad de La Haba­na, lue­go Decano, y des­pués Vice­rrec­tor de Inves­ti­ga­cio­nes y post gra­do. Jun­tos, obvio que otras com­pa­ñe­ras y com­pa­ñe­ros más (los de casi siem­pre: Alber­ti­na, Caro­la, Mara, Cai­ro, con Hay­dé Pachan­ga en el apo­yo secre­ta­rial) orga­ni­za­mos los Encuen­tros Cuba-Méxi­co (allá fue­ron Jor­ge Moli­na, Ger­mán Gómez, y otros cua­tes de la épo­ca), orga­ni­za­mos los memo­ra­bles Encuen­tros de Psi­co­ana­lis­tas y Psi­có­lo­gos mar­xis­tas (con los pibes Arman­do Bau­leo, Pedri­to Grosz, Juan Car­los Vol­no­vich, los bra­si­le­ros Fabio Lan­da, Jor­ge Broida…y las cole­gas y ami­gas Sil­via Wertheim, Mar­ta de Bras­si, y por supues­to la que­ri­da Mimi Lan­ger), orga­ni­za­mos encuen­tros con los vene­zo­la­nos (recuer­do a José Miguel Sala­zar, a la Maritza Mon­te­ro), orga­ni­za­mos todo lo ima­gi­na­ble para recu­pe­rar (pro­ba­ble­men­te hacer nacer) nues­tros víncu­los pri­ma­rios con Amé­ri­ca Lati­na, con la Psi­co­lo­gía lati­no­ame­ri­ca­na com­pro­me­ti­da con los mejo­res des­ti­nos socia­les de nues­tro continente.

No cam­bió nues­tra amis­tad cuan­do Fer­nan­do cam­bió de resi­den­cia per­ma­nen­te. No com­par­tí su deci­sión, entre otras cosas, por­que su asien­to natu­ral, su lugar de per­te­nen­cia de razón y cora­zón, su raiz vital siem­pre fue y siguió sien­do Cuba. Por­que Cuba esta­ba siem­pre en Fer­nan­do, y Fer­nan­do nun­ca logró, ni qui­so, irse total­men­te de Cuba. Esto es así. Y en cada encuen­tro que tenía­mos me habla­ba de su deseo inten­so de dar cla­ses en nues­tra Facul­tad, de hacer algún pro­yec­to coope­ra­ti­vo en nues­tra que­ri­da isla, de poder tra­ba­jar “aquí y allá, por­que Bra­sil me ha dado mucho espa­cio, y ten­go tam­bién muchos afec­tos en esta tie­rra”, como me dijo sen­ta­do en la terra­za de su casa haba­ne­ra, cui­dan­do que el sillón de la fami­lia resis­tie­ra mi peso y mi balan­ceo constante. 

Fer­nan­do fue, es y será una mar­ca imbo­rra­ble de gran valor en el desa­rro­llo de la Psi­co­lo­gía en Cuba, y en Amé­ri­ca lati­na. No voy a ahon­dar en esto aho­ra, en estas pala­bras que solo pre­ten­den no dejar que se nos esca­pe el momen­to del home­na­je, el agra­de­ci­mien­to, y sobre todo el cari­ño, el afec­to. El de su obra (ampli­tud y sig­ni­fi­ca­do) es un tema que nece­si­ta ser pen­sa­do, estu­dia­do y docu­men­ta­do. Y estoy segu­ro que sus segui­do­res cuba­nos y bra­si­le­ros, lati­no­ame­ri­ca­nos, no deja­rán pasar el reto y lo harán. Pero sus ela­bo­ra­cio­nes acer­ca de los nive­les de regu­la­ción del com­por­ta­mien­to, las nocio­nes de Per­so­na­li­dad, Sub­je­ti­vi­dad, con­fi­gu­ra­cio­nes psi­co­ló­gi­cas, y otras tra­ba­ja­das por él con un matiz muy per­so­nal, muy inter­co­nec­ta­do de ela­bo­ra­cio­nes diver­sas, están pre­sen­tes en el tra­ba­jo de cen­te­na­res de psi­có­lo­gos y psi­có­lo­gas de este con­ti­nen­te, que hoy lo man­tie­nen vivo, pro­duc­ti­vo, y pro­vo­ca­dor, como pole­mis­ta por exce­len­cia que siem­pre fue. Y así me dijo en un Audi­to­rio de la PUC San Pablo: “No es que nada me con­ven­za del todo, es que a todo siem­pre ten­go algo que agre­gar­le…” Y lan­zó una de esas riso­ta­das sono­ras que siem­pre tenía a flor de boca, y que con­ta­gia­ba bien­es­tar, espe­ran­za, ale­gría. Por­que Fer­nan­do siem­pre, en las más difí­ci­les cir­cuns­tan­cias, fue un hom­bre ale­gre, lleno de vita­li­dad, de ener­gía positiva.

Me será muy difí­cil supe­rar la ausen­cia de nues­tros inter­cam­bios por correo eléc­tro­ni­co (nos man­te­nía­mos en con­tac­to, dis­per­so y no tan fre­cuen­te, pero un solo correo valía por dece­nas de ellos). Extra­ña­ré con dolor nues­tros encuen­tros haba­ne­ros y los bra­si­le­ros (tam­bién los que tuvi­mos en otros paí­ses). Sen­ti­ré la fal­ta de nues­tras polé­mi­cas, dis­cu­sio­nes, bron­cas inclu­so, de las que siem­pre nues­tra amis­tad salía for­ta­le­ci­da. Ya no me sabrán igual las piz­zas, como aque­llas pau­lis­tas que nos comía­mos en la casa con Alber, entrán­do­nos a cuen­tos, y rién­do­nos has­ta la que­ja de los veci­nos del barrio. No le pre­gun­ta­ré a Boris, con quien me tro­pie­zo mucho por las calles de nues­tro Veda­do haba­ne­ro, cómo está el vie­jo. No vol­ve­ré a hacer lo inde­ci­ble para que com­par­ta en Cuba, en nues­tro amor com­par­ti­do, con tan­ta gen­te que lo recuer­da, lo res­pe­ta y lo quie­re. Me voy a per­der muchas cosas por está ausen­cia, que aun­que anun­cia­da due­le, due­le mucho.

Pero no voy a extra­ñar­lo, por­que lo lle­va­ré siem­pre con­mi­go, por­que repe­ti­ré una y otra vez nues­tras his­to­rias com­par­ti­das, por­que su obra per­du­ra­rá en tan­tos artícu­los que me encon­tra­ré con él mien­tras siga hacien­do Psi­co­lo­gía. Pero sobre todo no lo voy a extra­ñar por­que Fer­nan­do, mi ami­go, mi her­mano, es de esa gen­te que nun­ca se va del todo, y siem­pre se que­da en lo mejor de cada uno de quie­nes le agra­de­ce­mos su paso por la vida, su ilu­mi­na­dor paso por la vida, su moti­va­dor paso por la vida.

Un abra­zo, her­mano mío.

Te quie­ro y me que­do corto.

Mano­lo